Mujeres policía: entre el riesgo, el machismo y la corrupción

Cada vez hay más mujeres en las fuerzas de seguridad. Cómo enfrentan el día a día en la calle. ¿Vocación o simple salida laboral?

La Revista Viva del Diario Clarin realizó un extenso informe acerca de las vicisitudes por las cuales tienen que pasar las mujeres policías, comenzando su nota con la historia de la ranchera Lucrecia Yudati.

A continuación, la transcripción de la misma (la nota completa puede verse en https://www.clarin.com/viva/mujeres-policia-riesgo-machismo-corrupcion_0_SkpYx5Ur-.html?link_time=1500783564#utm_term=Autofeed&utm_campaign=Echobox&utm_medium=Social&utm_source=Facebook):

Regaló los tacos, las plataformas y los abotinados. Todos sus zapatos. Fue una tarde, poco después de que saliera de la internación. La subteniente Lucrecia Yudati aguantó las lágrimas. Desde aquel día sólo usa zapatillas. Especiales. Reforzadas. No cualquier par sino donde entren las plantillas ortopédicas. Lucrecia sigue con rehabilitación y licencia médica. Va en zapatillas a hacer las compras, a la casa de su mamá, a un bautismo, a un cumpleaños o a un casamiento. No puede utilizar otro calzado.

Todavía tiene pesadillas. Recuerda la anteúltima madrugada de 2015. Se ve tirada en la zanja, al costado de la Ruta 20, en Ranchos, el pueblo donde nació. Se ve poco antes de las 4. Faltaban 20 minutos para que terminara su turno en el control vehicular. Todavía oye los alaridos de su compañero, Fernando Pengsawath. El otro oficial de policía está bañado en sangre. Tiene los intestinos hacia afuera. Grita que lo hirieron. Que se muere. Lucrecia intenta pararse. Su pie izquierdo, con borceguí, cuelga ensangrentado. Tampoco puede mover ni apoyar el derecho. Pengsawath sostiene sus tripas. Llega hasta el móvil. Se estira en un suspiro. Toma la radio. Pide ayuda. Cuando aparece la ambulancia, Lucrecia ruega que no llamen a su casa. A su papá Daniel siempre le costó aceptar que su hija fuera policía. Un ACV lo dejó sin habla hace unos años. Lucrecia invoca el recuerdo de su abuelo Santiago, también policía, para que le dé fuerza. Murió cuando Lucrecia tenía 7.

El caso de la policía baleada ocupó la primera plana de la prensa durante varios meses. Fue cuando los hermanos Christian y Martín Lanatta más Víctor Schillaci –acusados por el triple crimen de General Rodríguez– se fugaron del penal de General Alvear. En su huida dispararon a Lucrecia y a su compañero. Esa madrugada, la entonces oficial cumplía horas extra. Buscaba mejorar su sueldo de 13 mil pesos. Pero Lucrecia recibió Año Nuevo en la cama de una clínica en Buenos Aires con dos balazos. El primero le había arrancado el talón y el tobillo izquierdo. El segundo, el empeine derecho. Fue ascendida a subteniente y pasó a cobrar 16 mil pesos con doble sueldo hasta que se reincorpore a la actividad. La peleó internada cinco meses, atravesó 50 operaciones y lleva año y medio de rehabilitación. Ahora, vestida de civil, acaba de salir de una de las tantas sesiones de kinesiología. Para caminar, apoya primero el talón y luego el metatarso. Si lo intenta al revés, el dolor le hace ver las estrellas. Sabe que “tuvo suerte”. Que se salvó de que le amputaran el pie. Que no hay vuelta atrás. Que jamás volverá a caminar como antes. Que nunca más usará zapatos. Le sacaron cartílago y hueso de la cadera para reconstruir el talón izquierdo. Y su tibia quedó marcada con los agujeros de los perdigones de escopeta. Con 34 años y cinco en la Fuerza, Lucrecia es uno de los casi 93 mil agentes que integran la Policía de la Provincia de Buenos Aires. Cuatro de cada diez son mujeres. “Si volviera a nacer, sería policía”, asegura.

La Federal, con un total aproximado de 20 mil efectivos, tiene una proporción similar de presencia femenina. En la Escuela de Cadetes ronda el 60%. Además, por primera vez en la historia de la Fuerza, una mujer ocupa el segundo cargo más alto. Mabel Franco, abogada, madre de dos hijos, llegó a subcomisario general. Parece lógico si se tiene en cuenta que desde hace tres años la presencia femenina viene aumentando notablemente.

Al riesgo inherente de la profesión policial, la mujer le suma varios desafíos: actuar en un círculo que ha sido históricamente machista y probar que puede desenvolverse en iguales condiciones que sus compañeros varones, superar los prejuicios de género incluso fuera de las fuerzas, y desempeñarse en un ámbito salpicado de corrupción.

Foto: Volver a nacer. La subteniente Lucrecia Yudati, 34 años, siempre quiso ser policía de calle. Tras ser baleada, todavía está en rehabilitación porque tiene dificultad para caminar. Foto: Ariel Grinberg.

Diario Clarín

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